viernes, 16 de julio de 2010

Marchas y contramarchas de una compleja trama jurídica y legislativa

La sanción de la ley de matrimonio igualitario corona una larga lucha de las organizaciones civiles. De la presentación de amparos a la discusión en el recinto, según el análisis propuesto por un periodista y militante.

Por: 
Bruno Bimbi
Cuando, hace más de tres años, iniciamos el camino hacia el matrimonio igualitario, hasta los que estaban de acuerdo nos decían que era una locura. El día que fuimos con María Rachid y Claudia Castro al Registro Civil a pedir un turno para que se casaran, con un escribano preparado para labrar un acta cuando les dijeran que no y un recurso de amparo ya escrito, muchos creyeron que lo hacíamos para salir en los diarios. "Es una movida de prensa", decían algunos. "Esto no es España", agregaban. Pero siempre, desde el primer día, estuvimos seguros de que lo íbamos a conseguir.
Junto a los amparos, presentamos un proyecto de ley en Diputados y otro en el Senado. Buscamos que tuvieran firmas de todos los bloques, para que nadie se negara a apoyarlo por ser "de otro". Los diputados socialistas Eduardo Di Pollina y Silvia Augsburger y la entonces senadora Vilma Ibarra, que habían trabajado con nosotros en la elaboración del proyecto, tuvieron la generosidad de compartirlo con todos los que aceptaran firmarlo. En otro gesto valioso, la ex diputada María del Carmen Rico, que había presentado una iniciativa propia, cuando supo que nosotros preparábamos otro se comunicó conmigo y, tomando unos mates en su oficina, me propuso retirar su proyecto y firmar el nuestro "como una más". "No lo hice para figurar, sino para ayudar", me explicó. Presentamos el proyecto pero, durante largo tiempo, no conseguimos que llegara siquiera a ser considerado.
La elección de Vilma Ibarra como presidenta de la Comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados marcó un antes y un después. Vilma se propuso como objetivo de su gestión sacar la ley y trabajó con nosotros hasta que lo consiguió.
Mientras tanto, el primer fallo judicial, que autorizó a Álex Freyre y José María Di Bello a casarse, nos tomó por sorpresa. Macri decidió no apelarlo y fue la primera voz a favor que no  venía del "progresismo". Después, sin embargo, dio marcha atrás antes de la boda, y los chicos tuvieron que ir a casarse a Ushuaia. La gobernadora Fabiana Ríos, que había firmado nuestro proyecto cuando era diputada, hizo otra demostración de compromiso que no olvidaremos. Álex y José se casaron en Tierra del Fuego y  ya nada fue igual.
Después de esa primera boda, todo se aceleró. Hubo más fallos. Al día de la sanción definitiva de la ley, había ya nueve parejas casadas. Con el apoyo del gobierno -en  gran parte, consecuencia del debate que dieron puertas adentro funcionarios como Aníbal Fernández y María José Lubertino junto a algunos legisladores- la ley empezó a ser una posibilidad cierta.
La instalación pública del tema hizo que distintos sectores de la sociedad se expresaran. Las encuestas empezaron a mostrar una mayoría que estaba de acuerdo. Hasta las universidades empezaron a pronunciarse a favor.  Sin embargo, aún faltaba una ayuda extra. Los números en el Senado no daban. La alternativa de "unión civil", que al igual que en España y Portugal fue la carta jugada por quienes se oponen a la igualdad, podía tener más votos.
Si la senadora Negre de Alonso hubiese sido menos obvia en su cruzada homofóbica y el cardenal Bergoglio hubiera hecho perfil bajo, probablemente hubiesen conseguido frenar la ley. Quienes se oponían a la igualdad tenían todas las de ganar si ofrecían un proyecto de "unión civil" que reconociera todos los derechos y sólo se distinguiera en el nombre, pero Negre de Alonso facilitó la tarea de la Federación Argentina LGBT al impulsar un proyecto que casi no reconocía nuevos derechos, eliminaba los ya conquistados y encima incluía una cláusula de "objeción de conciencia" que parecía salida de una ley de la Alemania nazi, como le recordó con razón el senador Pichetto al final del debate. Muchos senadores que iban a apoyar la "unión civil" empezaron a dudar. "Juegan al todo o nada", decía Rodríguez Saá, que apoyaba la unión civil, y tenía razón: cuando se habla de derechos, es todo o nada. No hay forma de respetar los Derechos Humanos "un poquito".
Otro elemento que jugó a favor fue la carta de Bergoglio a las monjas carmelitas, publicada por Tiempo Argentino. El cardenal supo que las religiosas estaban a favor de la ley  y, en su reto, se fue de boca. Algunos senadores oficialistas que estaban en contra, al leer la carta, cambiaron de opinión. Una cosa es que un legislador K vote en contra de los deseos de Néstor y Cristina en un proyecto, y  otra es que, ante una declaración de "guerra" (Bergoglio usa dos veces la palabra en su carta), se alisten en el ejército contrario, que acusa a sus jefes políticos de trabajar para "el Demonio".
La declaración de esta insólita yihad convirtió a la jerarquía de la Iglesia en la gran derrotada. "Y ya lo ve, / es pa' Bergoglio que lo mira por TV", coreaba la multitud en la plaza de los Dos Congresos luego de la votación.
La ley podría haber salido sin conflicto, como sucedió en Islandia, donde el parlamento la aprobó por unanimidad. Y podría haber sido una ley de consenso, ya que la apoyaban políticos del oficialismo y la oposición. Pero al transformar el debate legislativo en un escenario bélico, Bergoglio no hizo más que dispararse un tiro en los pies y regalarle al gobierno una victoria política que Kirchner, vale decirlo, hizo todo lo necesario para merecer.